Mujeres asesinadas o Tortura y mutilación en tiempos del narco
El número de mujeres asesinadas, independientemente del móvil y el mecanismo, crece de manera galopante en México, así lo denuncian actualmente decenas de organizaciones. Ya ni hablar de las muertas de Juárez que es, ha sido y será el caso paradigmático de la violencia contra la mujer como sistema, institución y cultura. La gravedad de los crímenes cometidos contra la mujer, y digo mujer porque me parece que la violencia contra una mujer debe ser percibida, por ética y principio, como violencia contra el género mismo por las proporciones del caso, es uno: que muchos de estos homicidios son tratados con desdén, apatía o negligencia por parte de las autoridades encargadas de procurar la justicia, dos: que por lo anterior muchos de estos casos quedan impunes, y 3: que el perpetrador casi siempre es un hombre. Particularmente vulnerables son las mujeres dedicadas a oficios que representan ganancias económicas elevadas e inmediatas, y por qué no, emocionales también, como el servicio sexual en todas sus variables, llámense escorts ejecutivas o simplemente putas, o incluso el de bailarinas eróticas o teiboleras. Evidentemente la mujer que decide de manera libre y conciente ejercer estos trabajos (y no hablo del delito de trata de personas que es muy distinto) , porque sí señores, es trabajo, fuerza de trabajo sexual que en México y muchos otros países no tiene la relevancia ni la regulación ni la justicia social que merece y que sí tiene en otros países como Holanda o Alemania, donde las sexoservidoras están organizadas y tienen los mismos derechos y obligaciones ante el Estado que cualquier otro ciudadano. Pero la situación de las mujeres marginadas en América latina es todo lo contrario, es, diría yo sin temor a usar adjetivos exagerados o escandalosos: espeluznante y vergonzoso. En pleno 2009, cuando se organiza en Mérida, Yucatán, la V Olimpiada Internacional de Física o cuando la opinión del Premio Nobel mexicano Mario Molina se deja escuchar en los foros académicos mundiales, haya tanto odio y desprecio a la mujer en este país, haya hombres que las traten como seres inferiores, o peor, como objetos desechables de placer efímero o puro valor utilitario, y con el terrorífico cinismo de saberse intocables, incluso con "la razón" o como depositarios del monstruoso placer que podría haber significado la obra macabra que aparece en la secuencia fotográfica siguiente. Vaya un homenaje a las mujeres que trabajan con su cuerpo y que son víctimas de la brutal y absurda violencia masculina.



La víctima:
"...pero ya no termina la frase porque siente unas manos fuertes y de venas resaltadas que la inmovilizan, la punta de algo que le pica el cuello; el resoplido de una nariz, que de poder verla está segura de que ya no le recordaría a su primo, que exhala furia; y sabe, ahora está segura de que sí, de que su mamá siempre tuvo razón, que una es la más estúpida."
La amiga:
"El jadeo que te produce el esfuerzo dificulta incluso tus pensamientos. Con trabajo llegas hasta la puerta de tu piso. Te limpias el sudor de la frente, abres la puerta y ahí, en medio de tu cuarto de estar, en el piso, a menos de tres metros de ti, está un tío en cuatro patas, como un lobo arriba de un ciervo, mirándote. Está cubierto de sangre, mirándote, gime, mirándote. Y debajo de él está el cadáver de una mujer, ¿Betty? No, no puede ser Betty. El hombre comienza a incorporarse, te mira, no te quita la vista de encima. Sus ojos parecen resplandecer entre el rojo sangre que cubre su cara. Tú das unos pasos hacia atrás. El hombre te mira, camina hacia ti, se acerca, das media vuelta y corres, corres. Dios, qué acabas de ver. No es posible. Los peldaños están bajo tus pies, y los recorres sin pensar. No puedes pensar en nada. La fiera viene detrás."
El policía:
"Tenemos la obligación de siempre dar crédito e investigar para llenar el reporte, así que la acompañamos hasta su piso. Me sentía ridículo, creía que la tía estaba flipada y lo había inventado todo. Sin embargo, mi compañero y yo seguimos el protocolo, tomamos todas las precauciones del caso, y tal y como creíamos nos encontramos con un piso como cualquier otro, sólo que en éste nos tenían de regalo el cadáver descuartizado de una mujer. Y entonces supe que sí había un loco, pero que estaba prófugo, confundiéndose entre la gente. El lugar era pequeño, con una sola recámara, en orden, con cosas de mujer. En el cuarto de baño, minúsculo, que olía a humedad, había rastros de sangre. El lavamanos estaba manchado de rojo y el jabón tenía espuma rosa. En el piso, había un charco marrón y una toalla manchada. Por más empeño que haya puesto en limpiarse el tío, no pudo haber quedado impecable. No me lo podía imaginar caminando, a plena luz del día, con sangre seca, sudoroso, agitado. Alguien tuvo que haberle visto, ¿qué pensaría ese alguien? Lo más seguro es que nada. Hoy en día, a la gente nada le importa. Nadie quiere involucrarse, nadie da nada a cambio de nada. Es muy difícil que las víctimas denuncien. Tienen miedo y prefieren quedarse con su dolor. Ya no se diga cuando se trata de testigos."
La reportera:
"Abrí la puerta y lo que vi me demostró que estaba en un error, que no, que no estaba acostumbrada, jamás lo estaría ante algo similar. Muchas veces he visto cuerpos mutilados, desmembrados, vísceras ennegrecidas y embarradas en los neumáticos de un automóvil, restos de una última cena revueltos con materia fecal e intestinos en una carrocería, pero siempre estas imágenes son producto de un accidente, de un desafortunado cruce de casualidades, de negligencia, de destino. Jamás había visto una escena de este tipo sabiendo que eso había sido obra humana, que unas manos, un cerebro, una conciencia similares a los míos habían sido capaces de hacer algo así."
*Fragmentos de la novela "Muerte Caracol", de la escritora mexicana Ivonne Reyes, reproducidos con permiso de la autora.


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Jay dijo
Estás fotos de dónde son?, digo, para hacer referencia al texto... qué pasó con ella?, por qué la descuartizaron?
11 Julio 2009 | 02:14 AM