Por Gabriela Alegría Ponce de León

La diferencia entre horror y terror es simple: el terror es eso que sientes cuando alguien te sale de repente con una máscara fea, cuando vas caminando y crees que alguien te va siguiendo, cuando un perro te enseña los dientes. El horror es algo que más bien se queda dentro de ti, es lo que sientes con tan sólo pensar en algo que te da mucha cosa, como una araña. Puedes cerrar los ojos, incluso puedes alejarte de la fuente de tu malestar, pero esa sensación no se va. Siempre me he preguntado cómo es el dolor de los insectos. Toda la vida me ha parecido horrorosa la forma en que se les arrancan las patas o se les caen las antenitas y siguen caminando como si nada. bueno, la verdad es que yo le tengo horror a muchas cosas. Los animales muertos, cuando les llega el rigor mortis, ese peso denso, macabro, me da un horror tremendo, es una sensación muy desagradable, la detesto. También me dan horror las casas abandonadas, el vacío en su interior; cuando paso frente a una lo hago sin voltear a verla, rápido, porque siento que algo dentro va a llamarme. Me da horror también el agua estancada, los canales de la Ciudad de México son para mí la cosa más horrorífica que existe. El otro día estaba comiendo una manzana mientras veía las noticias y salió una nota acerca de una laguna de aguas negras que está en medio de una unidad habitacional en Iztapalapa, que a causa de las lluvias estaba en riesgo de desbordarse. No pude terminar mi manzana y comenzó a darme una ansiedad espantosa, me imaginaba esa agua verde espesa. Muchas veces he dicho que si alguna vez llego a caerme a un canal me den un balazo, que no me saquen, no podría vivir después de eso. Algunas veces me da horror también la oscuridad, le temo a todo lo que no puedo ver cuando estoy dentro de ella. El otro día que fuimos a Carrizalillos bajó una niebla pesada que no te dejaba ver lo que había a 10 metros de distancia, yo tuve miedo, juro que lo tuve, de que la niebla se fuera y nosotros nos quedáramos para siempre atrapados en esa dimensión. Hasta hace pocos años le temía a los extraterrestres, cuando salíamos a brechas y nos deteníamos a beber, todo el tiempo tenía miedo de que se nos apareciera un hombrecito gris. También le tenía mucho miedo a los enfermos mentales; todavía ahora me produce mucha ansiedad la sola idea de que uno me toque. Hay muchas cosas así que me producen ansiedad. Hubo un tiempo, cuando yo era muy niña, en que me atormentaban al grado de temer enloquecer, recuerdo especialmente el horror que me producía una alcancía con la figura de El Flaco que mi papá tenía. La odiaba, aunque la figura tenía los ojos cerrados, yo podía jurar que me acechaba. Una vez soñé que los abría. No sé por qué nunca se lo dije a mis padres. Odio también a los gusanos que se comen la carne muerta, the final beast, les llama Anne. También odiaba un muñeco de trapo enorme que no sé quién me regaló, lo detestaba como sólo alguien de cinco años puede detestar algo, le arrancaba la cabeza y mi mamá se la cosía de nuevo y yo se la volvía a arrancar, y vivía yo acechada por esas dos presencias que todas las noches cobraban vida para atormentarme, lo peor es que ninguno de los dos se movía, sólo estaban ahí, quietos. Sin embargo mi infancia transcurría entre mimos de mi mamá, visitas a casa de mi abuela y de mis primos y el abandono aún no estaba en mí. Tiempo después ese sentimiento vino de nuevo cuando llegó la soledad a tiranizarme, el horror, el horror, y para mí era una certeza que un día me iba a tragar. No sé cuándo fue que sucedió, pero un día decidí que entonces yo debía tiranizarla, obligarla a que se quedara conmigo para siempre, acompañándome... esclavicé a mi soledad, la aseguré a mis tobillos con dos cadenas y tres candados. Por eso me volví araña.

Foto: Y. García