Las hermanas Delfina, María de Jesús y María Luisa "Eva" González Valenzuela, Las Poquianchis, eran lenonas, proxenetas, empresarias del sexo, socias en el negocio de la prostitución a gran escala, explotadoras que lucraban con el apetito sexual masculino y que por su éxito comercial llegaron a tener hasta sucursales de su burdel. Las Poquianchis no son asesinas seriales, de hecho jamás mataron, otras mujeres y hombres asesinaron por ellas. Delincuentes de cuello blanco, estas mujeres jamás se mancharon de sangre, se condujeron siempre como las patronas que eran, las dueñas del negocio. La mayoría de las mujeres regenteadas por estas madrotas vestidas de luto eterno, murió por enfermedades desatendidas, complicaciones por abortos y, en menor medida, por homicidio intencional. En todo caso, las manos de estas mujeres se ensuciaron con la mugre de los billetes que contaban una y otra vez al final de la jornada laboral y de donde pagaban sueldos de hambre, literalmente, a sus empleadas-esclavas, y a otras, si acaso, con vales internos como en una tienda de raya. Era indispensable que la mente criminal-comercial de las Poquianchis deshumanizara a las prostitutas, la mayoría mujeres necesitadas, ignorantes o muy jóvenes, pobres e ingenuas, vendidas por sus madres y padres (o debemos decir padrotes y madrotas), obligadas, forzadas, violadas o convencidas para alquilar sus cuerpos en cuartos-mazmorras a los clientes de los lupanares. Las deshumanizaron para poder desecharlas sin sentir remordimiento, como basura, cuando se enfermaron y dejaron de ser útiles, cuando ya no generaron ganancias. Las "despidieron" como se pudo. Autoridades, policías, funcionarios de los gobiernos locales y estatales siempre supieron de su existencia y colaboraron siempre con ellas. Formaron alianzas, tomaron acuerdos. Política y delito, esa fórmula inseparable. Les otorgaron los permisos y licencias para que sus prostíbulos operaran sin problema, claro que eso costaba, pero siempre hubo buen arreglo para ambas partes, como todo en México. Pero cuando el "casero" elevó las rentas y las cuotas de la extorsión disfrazada de legalidad, las inquilinas se inconformaron, dejaron de pagar, vino el desacuerdo,entonces las relaciones se rompieron, les cobraron a lo chino, comenzaron los operativos, las razzias, la persecución de las autoridades que antes les permitían todo y se hacían guaje, pero con la cartera bien llena. El gobierno fue cómplice y beneficiario: todas las putas tenían su carnet de control de Salubridad, sin excepción. La revisión médica era regular. Estaban en el padrón oficial de putas del Estado. Los sellos de las dependencias y las firmas de los jefes y supervisores lo comprueban. Ahí están los documentos. Todo en orden. La mayoría de las prostitutas se quedaron por gusto, pero querían cobrar más. Los patos le tiraron a las escopetas y ahí fue donde se amoló la cosa. Conflictos y crisis internas y externas acabaron por colapsar el otrora próspero imperio sexual de Las Poquianchis. La bomba reventó. Tras su arresto, estas "gitanas" que iban de pueblo en pueblo llevándole placer a los hombres, fueron blanco del linchamiento social y difamadas, pero gracias a ellas quedó al descubierto la extensa y cotidiana cadena de extorsiones, chantajes, complicidades y corruptelas de las autoridades civiles y policiacas mexicanas en los lugares donde operaban. Además nos recordaron la hipocresía de la sociedad provinciana que, a la vez que reprueba la prostitución y el adulterio, la promueve y lo tolera. Generaban riqueza y empleos en donde se instalaban, y fueron mina de oro y socias estratégicas para funcionarios públicos, políticos, jefes policiacos y hasta militares que después de transar con ellas y ser clientes asiduos de sus locales, les dieron la espalda cuando la orden de detenerlas -caiga quien caiga- llegó desde las más altas esferas del poder en la Ciudad de México. Sobre las Poquianchis se filmó la película del mismo nombre, de Felipe Cazals, y el tema sirvió de inspiración a escritores como Jorge Ibargüengoitia con su deliciosa novela "Las Muertas", así como a periodistas como Elisa Robledo, quien escribió el libro de no ficción "Por Dios que así fue", un verdadero testimonio, ya que pudo entrevistar a María de Jesús en la cárcel y reproduce documentos y fotos que en su momento sólo la revista Alarma difundió. Comparto con quienes quieran ahondar en el tema de Las Poquianchis este artículo que el periodista Enrique Morán redactó con información del banco de datos de la revista Alarma que, debemos admitir, fue el medio que destapó el caso y le dio la mejor cobertura en la década de los años 60. Click sobre el texto para ir al documento.

A continuación, dos portadas más de la revista Alarma! sobre el caso: