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Terra
La Coctelera

Categoría: Ejecuciones

Mujeres asesinadas o Tortura y mutilación en tiempos del narco

El número de mujeres asesinadas, independientemente del móvil y el mecanismo, crece de manera galopante en México, así lo denuncian actualmente decenas de organizaciones. Ya ni hablar de las muertas de Juárez que es, ha sido y será el caso paradigmático de la violencia contra la mujer como sistema, institución y cultura. La gravedad de los crímenes cometidos contra la mujer, y digo mujer porque me parece que la violencia contra una mujer debe ser percibida, por ética y principio, como violencia contra el género mismo por las proporciones del caso, es uno: que muchos de estos homicidios son tratados con desdén, apatía o negligencia por parte de las autoridades encargadas de procurar la justicia, dos: que por lo anterior muchos de estos casos quedan impunes, y 3: que el perpetrador casi siempre es un hombre. Particularmente vulnerables son las mujeres dedicadas a oficios que representan ganancias económicas elevadas e inmediatas, y por qué no, emocionales también, como el servicio sexual en todas sus variables, llámense escorts ejecutivas o simplemente putas, o incluso el de bailarinas eróticas o teiboleras. Evidentemente la mujer que decide de manera libre y conciente ejercer estos trabajos (y no hablo del delito de trata de personas que es muy distinto) , porque sí señores, es trabajo, fuerza de trabajo sexual que en México y muchos otros países no tiene la relevancia ni la regulación ni la justicia social que merece y que sí tiene en otros países como Holanda o Alemania, donde las sexoservidoras están organizadas y tienen los mismos derechos y obligaciones ante el Estado que cualquier otro ciudadano. Pero la situación de las mujeres marginadas en América latina es todo lo contrario, es, diría yo sin temor a usar adjetivos exagerados o escandalosos: espeluznante y vergonzoso. En pleno 2009, cuando se organiza en Mérida, Yucatán, la V Olimpiada Internacional de Física o cuando la opinión del Premio Nobel mexicano Mario Molina se deja escuchar en los foros académicos mundiales, haya tanto odio y desprecio a la mujer en este país, haya hombres que las traten como seres inferiores, o peor, como objetos desechables de placer efímero o puro valor utilitario, y con el terrorífico cinismo de saberse intocables, incluso con "la razón" o como depositarios del monstruoso placer que podría haber significado la obra macabra que aparece en la secuencia fotográfica siguiente. Vaya un homenaje a las mujeres que trabajan con su cuerpo y que son víctimas de la brutal y absurda violencia masculina.

La víctima:
"...pero ya no termina la frase porque siente unas manos fuertes y de venas resaltadas que la inmovilizan, la punta de algo que le pica el cuello; el resoplido de una nariz, que de poder verla está segura de que ya no le recordaría a su primo, que exhala furia; y sabe, ahora está segura de que sí, de que su mamá siempre tuvo razón, que una es la más estúpida."

La amiga:
"El jadeo que te produce el esfuerzo dificulta incluso tus pensamientos. Con trabajo llegas hasta la puerta de tu piso. Te limpias el sudor de la frente, abres la puerta y ahí, en medio de tu cuarto de estar, en el piso, a menos de tres metros de ti, está un tío en cuatro patas, como un lobo arriba de un ciervo, mirándote. Está cubierto de sangre, mirándote, gime, mirándote. Y debajo de él está el cadáver de una mujer, ¿Betty? No, no puede ser Betty. El hombre comienza a incorporarse, te mira, no te quita la vista de encima. Sus ojos parecen resplandecer entre el rojo sangre que cubre su cara. Tú das unos pasos hacia atrás. El hombre te mira, camina hacia ti, se acerca, das media vuelta y corres, corres. Dios, qué acabas de ver. No es posible. Los peldaños están bajo tus pies, y los recorres sin pensar. No puedes pensar en nada. La fiera viene detrás."

El policía:
"Tenemos la obligación de siempre dar crédito e investigar para llenar el reporte, así que la acompañamos hasta su piso. Me sentía ridículo, creía que la tía estaba flipada y lo había inventado todo. Sin embargo, mi compañero y yo seguimos el protocolo, tomamos todas las precauciones del caso, y tal y como creíamos nos encontramos con un piso como cualquier otro, sólo que en éste nos tenían de regalo el cadáver descuartizado de una mujer. Y entonces supe que sí había un loco, pero que estaba prófugo, confundiéndose entre la gente. El lugar era pequeño, con una sola recámara, en orden, con cosas de mujer. En el cuarto de baño, minúsculo, que olía a humedad, había rastros de sangre. El lavamanos estaba manchado de rojo y el jabón tenía espuma rosa. En el piso, había un charco marrón y una toalla manchada. Por más empeño que haya puesto en limpiarse el tío, no pudo haber quedado impecable. No me lo podía imaginar caminando, a plena luz del día, con sangre seca, sudoroso, agitado. Alguien tuvo que haberle visto, ¿qué pensaría ese alguien? Lo más seguro es que nada. Hoy en día, a la gente nada le importa. Nadie quiere involucrarse, nadie da nada a cambio de nada. Es muy difícil que las víctimas denuncien. Tienen miedo y prefieren quedarse con su dolor. Ya no se diga cuando se trata de testigos."

La reportera:
"Abrí la puerta y lo que vi me demostró que estaba en un error, que no, que no estaba acostumbrada, jamás lo estaría ante algo similar. Muchas veces he visto cuerpos mutilados, desmembrados, vísceras ennegrecidas y embarradas en los neumáticos de un automóvil, restos de una última cena revueltos con materia fecal e intestinos en una carrocería, pero siempre estas imágenes son producto de un accidente, de un desafortunado cruce de casualidades, de negligencia, de destino. Jamás había visto una escena de este tipo sabiendo que eso había sido obra humana, que unas manos, un cerebro, una conciencia similares a los míos habían sido capaces de hacer algo así."

 *Fragmentos de la novela "Muerte Caracol", de la escritora mexicana Ivonne Reyes, reproducidos con permiso de la autora.

El cadáver de Paco Stanley

Se acerca el noveno aniversario del asesinato de Paco Stanley, icono de la cultura televisiva mexicana, así que comparto las fotografías de su cadáver baleado como un homenaje de los amantes de la nota roja hacia uno de los mayores exponentes del chiste bobo, conductor de programas comerciales de televisión, declamador cursi y, vox populi, aficionado a la caspa del diablo.

El homicidio de Stanley, capitán de los banales programas ¡Pácatelas! y ¡Sí hay...y Bien!, encabeza la lista de los crímenes mexicanos más famosos y que sigue impune hasta la fecha, ya que los verdaderos autores materiales del asesinato, pistoleros de los capos Arellano Félix, no han sido recapturados luego de que estuvieron detenidos por otros delitos y escaparon de un penal en Baja California.

Presuntamente Stanley estaba asociado al cartel sinaloense de los Carrillo Fuentes, por lo que representaba un obstáculo para los Arellano Félix en el DF. En esta liga hay una nota muy completa sobre los asesinos de Stanley, sus vínculos con el narco, la corrupción oficial y la negligencia de la PGR, escrita por el periodista Jesús Blancornelas y publicada en el diario La Crónica el viernes 26 de agosto de 2005.

La edecán Paola Durante, Erasmo Pérez Garnica El Cholo, Luis Gabriel Valencia López El Flama, Mario Bezares Mayito, todos detenidos, encarcelados y enjuiciados por las autoridades mexicanas como presuntos autores y cómplices de una conspiración para eliminar a Stanley por orden de los hermanos Amezcua, están libres. El caso, sostenido con alfileres y basada en puros dichos, se le terminó cayendo a la Procuraduría de Justicia del DF y todos los inculpados fueron puestos en libertad por desvanecimiento de pruebas.

El 7 de junio de 1999, el conductor de televisión fue acribillado a quemarropa en su camioneta Lincoln Navigator estacionada en la lateral del Periférico, frente al restaurante El Charco de las Ranas, a donde había desayunado con el reportero de espectáculos Jorge El Güero Gil (herido en una pierna) y su patiño, Mario Bezares.

Un hombre vestido de traje se le acercó y le disparó cuatro veces con una pistola calibre 9. en la cara. El agente de seguros Pablo Hernández también murió tras ser alcanzado por una bala perdida, su esposa Lourdes, herida. El valet Jesús Núñez, herido. Luego, el asesino cruzó la avenida por un puente peatonal, se subió a un auto Jetta que lo esperaba del otro lado y huyó.

Tres balas salieron del cráneo de Stanley, pero una quedó alojada en el tabique nasal. Una de ellas le reventó ambos ojos. Las fotos son reproducciones de las que obran en el expediente judicial y nos fueron enviadas por un internauta anónimo, quien obviamente y quizá por su cercanía con el caso, tuvo acceso libre a los documentos.

Las imágenes son tomas de los peritos fotógrafos durante el examen de balística realizado al cadáver en el Servicio Médico Forense del DF y muestran la "hilada" o "varillas de trayectoria" para establecer direcciones y posiciones de tirador y víctima, asi como otras variables de criminalística como el "tatuaje de pólvora" en la piel.

El cadáver de Sergio Gómez, vocalista de K-Paz de la Sierra

La mañana del 3 de diciembre fue encontrado el cuerpo sin vida de Sergio Gómez, vocalista del grupo musical mexicano K-Paz de la Sierra a un lado de la carretera Morelia-Chiquimitío. Murió estrangulado, pero antes fue torturado: el cadáver tenía huellas de golpes y quemaduras. El cantante había sido secuestrado la noche del domingo 2 de diciembre por un grupo de hombres armados después de presentarse con su banda en el estadio Morelos de la ciudad de Morelia, Michoacán.
Como el homicidio del cantante grupero Valentín Elizalde en Tamaulipas, el asesinato de Sergio Gómez permanece sin resolver, impune, sin detenidos y con un móvil no determinado. Sin embargo todas las voces coinciden en que la mano y la firma son del crimen organizado.
El narcotráfico permeando cada vez con mayor frecuencia en la música popular, un área donde su participación tradicionalmente había sido indirecta, utilitaria, esporádica, incluso respetuosa, siempre jactanciosa, protagónica en los inafaltables y clásicos narcocorridos, esencia y memoria de la subcultura del narco.
¿Quién iba a imaginar que el oficio o la profesión de músico se convertiría en una actividad tan extrema, oscura, con tantos riesgos y dilemas éticos?
Información revelada por diarios de EU señala que la música y el espectáculo se han convertido en negocios estratégicos para el proceso de lavado de dinero de los capos mexicanos de la droga. ¡Qué novedad!
¿Y qué actividad económica no ha servido para eso?

La canción del verdugo

El lunes 19 de julio de 1976, en la tranquila comunidad mormona de Orem, Utah, Estados Unidos, Gary Gilmore, un ladrón pendenciero y ex presidiario que gozaba de libertad condicional, robó al encargado de una gasolinera, lo obligó a tirarse al piso y lo ejecutó de dos tiros en la cabeza. Al día siguiente, Gilmore robó al encargado de un motel en Provo, y también lo asesinó de un balazo en la cabeza. Ambos hombres habían acatado las órdenes del ladrón, aún así, éste los mató. Gilmore fue detenido, enjuiciado y condenado a la pena de muerte por fusilamiento.

Gary Gilmore (Corbis)

En su libro “La canción del verdugo” (The executioner’s song, 1979), el periodista Norman Mailer (1923-2007) se sumerge en la historia de este crimen absurdo y atroz, similar en impacto y circunstancias al ocurrido en Holcomb, Kansas, y que fue tomado por Truman Capote como tema del famoso libro A Sangre Fría.
El caso de Gary Gilmore es particular, ya que se trata de la primera condena a muerte luego de que la Suprema Corte de Justicia de EU reimplantara la pena capital, y porque Gilmore saltó a la fama no tanto por los crímenes que cometió, sino porque jamás apeló la sentencia ni usó ninguno de los recursos que la ley le otorgaba para revocar la condena o conmutarla en cadena perpetua: “quiero que me ejecuten, esa es mi condena y ese esa es mi voluntad, no me torturen más”, sostenía Gilmore. Y sin embargo su caso fue tomado como estandarte por grupos opositores a la pena de muerte a los que Gilmore rechazaba, y peor aún, sus abogados defensores en teoría debían apelar la sentencia y trabajar para que su cliente no fuera ejecutado, sin embargo y paradójicamente Gilmore les exigía --y era su derecho-- a hacer todo lo contrario, es decir, garantizar que la ejecución se cumpliera sin dilación.
El gran reportaje de Mailer, además de presentar todas las discusiones legales, siquiátricas e incluso filosóficas que ocurren durante el proceso penal, muestra al ser humano, al hijo, al poeta, al romántico e inteligente Gilmore, además de la historia paralela de Nicole Baker, pareja de Gary, ejemplo del amor más extremo, apasionado y cinematográfico.
Mailer usa todas las fuentes a su alcance para darle a la historia el rigor periodístico que el tema requería y se aleja totalmente del texto al redactarlo en tercera persona.
Entrevistas con familiares, amigos, autoridades y gente cercana al proceso y al inculpado, archivos documentales, expedientes judiciales, hemerografía y cartas escritas por los mismos protagonistas fueron suficientes para completar el retrato de Gary Gilmore a pesar de que Mailer nunca habló personalmente con el personaje central de la historia.
Como la mayoría de las "non-fiction novels" que nacen o se inspiran en la olvidada nota roja de los diarios, La canción del verdugo tiene la virtud de que además de ofrecer cierta dosis de goce estético al lector, describe un caso particular y señala cómo afecta en el plano general, le da contexto, desmenuza y analiza con rigor y balance los antecedentes, los móviles, las implicaciones y logra también una crítica social dentro de su propia interpretación de los hechos narrados.
Mis ejemplos favoritos de grandes obras del periodismo policiaco son "Into the wild" (Hacia rutas salvajes), de Jon Krakauer; Felices como asesinos (Happy like murderers), de Gordon Burn; y Operación masacre, de Rodolfo Walsh.

Normal Mailer (AFP)

El escritor Norman Mailer, dos veces ganador del premio Pulitzer, murió ayer por enfemedad renal en un hospital de Nueva York. Tenía 84 años.

Novela negra, Dashiell Hammett y Rodolfo Walsh

La semana pasada, el mexicano Juan Hernández Luna (Ciudad de México, 1962) recibió en Madrid, España, el Premio Dashiell Hammett a la mejor novela policiaca por su libro "Cadáver de ciudad", otorgado por la Asociación Internacional de Escritores Policiacos (AIEP) en el marco de la Semana Negra de Gijón. En 1997, Hernández Luna ya había merecido el mismo premio por la novela "Tabaco para el puma". "Cadáver de ciudad" está publicado en Ediciones B.
Además fue entregado el premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción al cubano Amir Valle por su libro "Jineteras", trabajo descrito como "un retrato del mundo de la prostitución en La Habana contado por sus protagonistas". "Jineteras" es una "valiente denuncia alejada de cualquier tipo de manipulación propagandística", señaló el fallo. Habrá que leerlo.
La Semana Negra también galardonó la novela "La aguja en el pajar", del argentino Ernesto Mallo, con el Premio Silverio Cañada a la mejor primera primer novela en español, que compartió con el español Antonio Jiménez Barca, autor de "Deudas pendientes".
Para quienes no lo sepan, Dashiell Hammet fue un escritor estadounidense, autor de libros sobre detectives y cuentos, padre del detective Sam Spade, protagonista de su novela más famosa, hecha también película, El halcón maltés (The maltese falcon), publicada en 1930.
El premio a la mejor novela de no ficción en la Semana Negra lleva el nombre de Rodolfo Walsh y tomo este hecho como pretexto para recordar a este periodista y escritor argentino.
Walsh es el autor de "Operación masacre", una de las más importantes novelas de no ficción, aunque no tan popular como "A sangre fría" (In cold blood, de Truman Capote), que me interesa rescatar por su trascendencia para el periodismo y la historia latinoamericanos, y también por el destino del propio Walsh. Su gran reportaje "Operación masacre" se publicó en 1957, casi 10 años antes que la obra cumbre del "New Journalism" o nuevo periodismo norteamericano.
"Operación masacre" reconstruye la matanza cometida por militares argentinos de un grupo de civiles acusados de subversión. Primero se publicó en forma de notas en el diario Mayoría y luego como volumen.
Irónicamente, Walsh fue secuestrado y asesinado en 1977 durante la dictadura argentina instaurada por Jorge Rafael Videla en 1976.
El nombre de Rodolfo Walsh integra desde el 25 de marzo de 1977 la larga lista de desaparecidos. Su "Carta abierta de un escritor a la junta militar" se incluye como apéndice en el libro (fechada un día antes de su desaparición) y fue su última palabra pública.
En este sitio que me ha recomendado el generoso maestro Memo Vega se pueden descargar libremente "Operación masacre" y otras obras de Rodolfo Walsh, así como conocer más acerca de su vida; hay audios, videos, artículos, además de una biblioteca virtual de acceso libre sobre literatura, política, sicología, filosofía, marxismo, y obviamente todos los autores argentinos.

Con información de AFP

El cadáver del reportero Bill Stewart

El cuerpo del periodista Bill Stewart, corresponsal de la cadena de noticias ABC, es extraído de una furgoneta por sus compañeros luego de haber sido arrodillado, pateado y ejecutado de un tiro en la nuca por un soldado de la guardia nacional somocista el 20 de junio de 1979. Lugar: entrada del hotel Intercontinental en Managua, Nicargua.
La imagen se relaciona con el artículo El asesinato de Bill Stewart, publicado hace unas semanas en NotaRoja.
Sirva también como homenaje para los periodistas caídos en acción.
Recomiendo visitar la breve, pero espléndida fotogalería "Una noche afuera", sobre la revolución sandinista, de Pedro Valtierra, multipremiado fotoperiodista mexicano.
Agradezco la gentileza del editor Germán Romero y la cortesía del fotógrafo Pedro Valtierra.

Black power, poder negro y el complot de la CIA


No es necesario que la CIA desclasifique documentos para probar que el gobierno de los Estados Unidos ha conspirado o conspira para asesinar a personas “incómodas”: Fidel Castro, Ernesto Guevara, Salvador Allende, Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, Óscar Arnulfo Romero, Hugo Chávez, Evo Morales... Golpes de estado, financiamiento de grupos paramilitares, espionaje, contrainsurgencia, apoyo logístico y económico a dictadores y oligarcas, ejecuciones extraoficiales y una infinidad de atrocidades han estado siempre entre las prioridades del gobierno norteamericano. Como explica Noam Chomsky: al gobierno de EU no le importa si el régimen de otro país está constituido por una dictadura, una junta militar, una democracia incipiente o una consolidada, lo que le importa es que coopere y se abra, si no lo hace, entonces será obligado a hacerlo de cualquier manera.

¿Qué tienen en común Martin Luther King, Malcolm X y Patrice Lumumba?

Respuestas:

1.- Eran negros

2.- Eran líderes

3.- Buscaban la libertad con justicia social

4.- Fueron asesinados por la CIA


Luther King...

Malcolm X...

Patrice Lumumba...

El asesinato de Bill Stewart

Hoy se cumplen 28 años del asesinato del reportero Bill Stewart, corresponsal de la cadena norteamericana ABC a manos de un soldado de la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza, en Nicaragua. Su intérprete, el nicaragüense Juan Espinoza, también fue fusilado sumariamente en el mismo lugar.
Aunque yo tenía sólo 9 años, recuerdo perfectamente el video del asesinato transmitido sin parar y a todas horas en los noticieros de televisión. Es la primera imagen de muerte real que recuerdo y que jugó parte importante en la decisión del camino que tomé más adelante.
La revolución sandinista ganaba terreno y el famoso hotel Intercontinental de la capital Managua era el centro de operaciones de los periodistas extranjeros. Ahí estaban, por ejemplo, Ricardo Rocha, de Televisa, y Jaime Avilés, del entonces vanguardista Unomasuno, quienes vieron llegar el cadáver de Stewart a bordo de una camioneta junto con los sobrevivientes de su equipo, imagen que fue captada por el fotorreportero Pedro Valtierra, quien acompañaba a Avilés en su cobertura.
Transcribo a continuación un fragmento de una crónica del periodista español Félix Pacheco, publicado en el número 32 de la revista Informadores Gráficos Prensa-TV:

-Oye –me espetó de sopetón Manolo Alcalá-, si tú fueras un cámara y vieras que me van a matar a mí, ¿filmarías la escena?
-Hombre... –respondí ante tan inesperada pregunta y tras mucha congoja-, sé que no filmaría porque, tratándose de ti, me faltaría valor, pero debería hacerlo. Ahora bien, si tú no fueras mi amigo...-
-Pero cuéntame cómo fue lo de Bill Stewart...-
Y se lo conté. Y lo cuento ahora. Cuento la historia de un plumilla (Manolo también lo era) que murió y de unos cámaras que sí tuvieron el valor frente a la muerte de su compañero y amigo, conscientes del peligro que corrían.

Si la dictadura somocista de Nicaragua quedó sentenciada con el asesinato (10-01-1978) de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director del diario managüense La Prensa, y si perdió los papeles, expuesta al ludibrio internacional, con el asalto del comandante Cero en el palacio Nacional (22-08-1978), el día que los militares mataron al periodista norteamericano Bill Stewart comenzó el principio del fin.

Fue en el barrio del Reguero, cerca del actual mercado Roberto Huenbes, al sudeste de la ciudad de Managua. Allí donde los puesteros venden las mejores hamacas de hilo blanco y ligero de Centroamérica. Allí donde las madres dolientes despedirán a los contingentes de chavalos capacitados a velocidad de vértigo para la campaña sandinista de alfabetización y de chavalos como potros desbocados que apenas pueden sostener un viejo Kalashnikov soviético de asalto y parten para una guerra frente a contrarrevolucionarios bien pertrechados en la frontera de Honduras. En aquel lugar cae el periodista Bill Stewart, el 20 de junio de 1979, asesinado por una patrulla de Tachito Somoza, Anastasio Somoza Debayle, el último representante del clan sanguinario que aniquiló vidas y haciendas durante más de cuarenta años en Nicaragua.

Bill, de 37 años, es un reportero norteamericano de la ABC News que ha trotado por muchas guerras del mundo, pese a su juventud. Los reportajes de Bill sobre Nicaragua llevan un fondo verde de guerrilleros en la selva que, con el lanzagranada montado, el casco de barbuquejo holgado y la metralleta al hombro, arañan sobre la guitarra una canción sentimental y romántica. El gran escritor nicaragüense Pablo Antonio Cuadra cardenal, director también de La Prensa, contaba que Bill solía pasarse por el periódico para recoger cintas magnetofónicas con canciones de doña Concha Piquer, que le dejaba allí un amigo de España, y las que le llegaban de Nueva York con la voz de Frank Sinatra. Por lo visto le gustaba tararear y silbar lo mismo Tatuaje (“Era hermoso y rubio como la cerveza”), de la Piquer, que My way y Strangers in the night, de Sinatra.

La crónica resulta horripilante. En primicia, Filadelfo Martínez, corresponsal de EFE en Managua, transmite la noticia, que conmociona a la tribu de enviados especiales y corresponsales extranjeros destacados en Managua, aunque él, de momento no tiene acceso a las imágenes crudas de la ejecución. Porque hay imágenes de la ejecución filmadas por las cámaras de Cefalo y Jack Clark, dos compañeros de Bill. La televisión somocista congela esas imágenes por tiempo indefinido. Dado, sin embargo, que Clark y Cefalo las transmiten desde la habitación 307 del hotel Intercontinental, televisiones de otros países, especialmente las de Estados Unidos, se ceban en la pavorosa grabación y la repiten cada diez minutos. Las informaciones iniciales de Filadelfo, sin firma, se amplían en la redacción regional de panamá con los detalles del asesinato que ofrece reiteradamente la televisión de Fernando Eleta, el Canal 4 – RPC Televisión. La crónica firmada se distribuye, asimismo sin dilación, a Madrid y al mundo entero.

De la patrulla de seis o siete, se adelanta un guardia, del que sólo se ha sabido que se apellidaba Álvarez y que lloró con amargura ante un tribunal sandinista. El guardia echa el alto. De los tres periodistas (Bill, Cefalo y Clark) que viajan con el intérprete y el conductor en una furgoneta por la Pista Portezuelo y acaban de desviarse para tomar la avenida de los Mártires del 1º de Mayo, dos se guarecen entre los matorrales y desenfundan las cámaras, a la vez que se adelanta Bill como responsable del equipo. Enseña su acreditación de prensa y trata de decir que no habla español y que es periodista gringo.

El guardia encañona a Bill y le grita: “Ponte de rodillas, hijueputa, ponte de rodillas”. Bill, que lleva pantalón blanco, camisola de manga corta a cuadros, de cuello desabrochado y raya marcada al lado izquierdo del pelo –muy negro, sin canas-, se arrodilla con los brazos en cruz, pide clemencia y suplica: “No (hablo) español, no español, yo periodista”. El militar ordena a Bill que se tumbe: “¡Acuéstate, hijueputa!” Bill se tumba boca abajo.

El guardia avanza y sacude al periodista una tremenda patada en el costado derecho con la bota de la pierna derecha, retrocediendo a continuación unos pasos, mientras Bill se retuerce de dolor en el suelo y suelta las primeras lágrimas.

El reportero levanta la cabeza, con mirada derrotada y suplicante, a la vez que repite: “No español, yo periodista, yo periodista”.

El guardia, que sostiene el arma con ambas manos, la deja de pronto en la izquierda sólo, avanza de nuevo hacia Bill y, sin piedad, acciona con la derecha el subfusil (M16) apuntando a la nuca de aquel cuerpo tendido en el suelo y que de repente salta sobre los adoquines, casi simultáneamente con el disparo.

Foto:EFE