La semana pasada, el mexicano Juan Hernández Luna (Ciudad de México, 1962) recibió en Madrid, España, el Premio Dashiell Hammett a la mejor novela policiaca por su libro "Cadáver de ciudad", otorgado por la Asociación Internacional de Escritores Policiacos (AIEP) en el marco de la Semana Negra de Gijón. En 1997, Hernández Luna ya había merecido el mismo premio por la novela "Tabaco para el puma". "Cadáver de ciudad" está publicado en Ediciones B.
Además fue entregado el premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción al cubano Amir Valle por su libro "Jineteras", trabajo descrito como "un retrato del mundo de la prostitución en La Habana contado por sus protagonistas". "Jineteras" es una "valiente denuncia alejada de cualquier tipo de manipulación propagandística", señaló el fallo. Habrá que leerlo.
La Semana Negra también galardonó la novela "La aguja en el pajar", del argentino Ernesto Mallo, con el Premio Silverio Cañada a la mejor primera primer novela en español, que compartió con el español Antonio Jiménez Barca, autor de "Deudas pendientes".
Para quienes no lo sepan, Dashiell Hammet fue un escritor estadounidense, autor de libros sobre detectives y cuentos, padre del detective Sam Spade, protagonista de su novela más famosa, hecha también película, El halcón maltés (The maltese falcon), publicada en 1930.
El premio a la mejor novela de no ficción en la Semana Negra lleva el nombre de Rodolfo Walsh y tomo este hecho como pretexto para recordar a este periodista y escritor argentino.
Walsh es el autor de "Operación masacre", una de las más importantes novelas de no ficción, aunque no tan popular como "A sangre fría" (In cold blood, de Truman Capote), que me interesa rescatar por su trascendencia para el periodismo y la historia latinoamericanos, y también por el destino del propio Walsh. Su gran reportaje "Operación masacre" se publicó en 1957, casi 10 años antes que la obra cumbre del "New Journalism" o nuevo periodismo norteamericano.
"Operación masacre" reconstruye la matanza cometida por militares argentinos de un grupo de civiles acusados de subversión. Primero se publicó en forma de notas en el diario Mayoría y luego como volumen.
Irónicamente, Walsh fue secuestrado y asesinado en 1977 durante la dictadura argentina instaurada por Jorge Rafael Videla en 1976.
El nombre de Rodolfo Walsh integra desde el 25 de marzo de 1977 la larga lista de desaparecidos. Su "Carta abierta de un escritor a la junta militar" se incluye como apéndice en el libro (fechada un día antes de su desaparición) y fue su última palabra pública.
En este sitio que me ha recomendado el generoso maestro Memo Vega se pueden descargar libremente "Operación masacre" y otras obras de Rodolfo Walsh, así como conocer más acerca de su vida; hay audios, videos, artículos, además de una biblioteca virtual de acceso libre sobre literatura, política, sicología, filosofía, marxismo, y obviamente todos los autores argentinos.
Con información de AFP
Categoría: Dictadores
El cuerpo del periodista Bill Stewart, corresponsal de la cadena de noticias ABC, es extraído de una furgoneta por sus compañeros luego de haber sido arrodillado, pateado y ejecutado de un tiro en la nuca por un soldado de la guardia nacional somocista el 20 de junio de 1979. Lugar: entrada del hotel Intercontinental en Managua, Nicargua.
La imagen se relaciona con el artículo El asesinato de Bill Stewart, publicado hace unas semanas en NotaRoja.
Sirva también como homenaje para los periodistas caídos en acción.
Recomiendo visitar la breve, pero espléndida fotogalería "Una noche afuera", sobre la revolución sandinista, de Pedro Valtierra, multipremiado fotoperiodista mexicano.
Agradezco la gentileza del editor Germán Romero y la cortesía del fotógrafo Pedro Valtierra.
Hoy se cumplen 28 años del asesinato del reportero Bill Stewart, corresponsal de la cadena norteamericana ABC a manos de un soldado de
Aunque yo tenía sólo 9 años, recuerdo perfectamente el video del asesinato transmitido sin parar y a todas horas en los noticieros de televisión. Es la primera imagen de muerte real que recuerdo y que jugó parte importante en la decisión del camino que tomé más adelante.
La revolución sandinista ganaba terreno y el famoso hotel Intercontinental de la capital Managua era el centro de operaciones de los periodistas extranjeros. Ahí estaban, por ejemplo, Ricardo Rocha, de Televisa, y Jaime Avilés, del entonces vanguardista Unomasuno, quienes vieron llegar el cadáver de Stewart a bordo de una camioneta junto con los sobrevivientes de su equipo, imagen que fue captada por el fotorreportero Pedro Valtierra, quien acompañaba a Avilés en su cobertura.
Transcribo a continuación un fragmento de una crónica del periodista español Félix Pacheco, publicado en el número 32 de la revista Informadores Gráficos Prensa-TV:
-Oye –me espetó de sopetón Manolo Alcalá-, si tú fueras un cámara y vieras que me van a matar a mí, ¿filmarías la escena?
-Hombre... –respondí ante tan inesperada pregunta y tras mucha congoja-, sé que no filmaría porque, tratándose de ti, me faltaría valor, pero debería hacerlo. Ahora bien, si tú no fueras mi amigo...-
-Pero cuéntame cómo fue lo de Bill Stewart...-
Y se lo conté. Y lo cuento ahora. Cuento la historia de un plumilla (Manolo también lo era) que murió y de unos cámaras que sí tuvieron el valor frente a la muerte de su compañero y amigo, conscientes del peligro que corrían.
Si la dictadura somocista de Nicaragua quedó sentenciada con el asesinato (10-01-1978) de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director del diario managüense
Fue en el barrio del Reguero, cerca del actual mercado Roberto Huenbes, al sudeste de la ciudad de Managua. Allí donde los puesteros venden las mejores hamacas de hilo blanco y ligero de Centroamérica. Allí donde las madres dolientes despedirán a los contingentes de chavalos capacitados a velocidad de vértigo para la campaña sandinista de alfabetización y de chavalos como potros desbocados que apenas pueden sostener un viejo Kalashnikov soviético de asalto y parten para una guerra frente a contrarrevolucionarios bien pertrechados en la frontera de Honduras. En aquel lugar cae el periodista Bill Stewart, el 20 de junio de 1979, asesinado por una patrulla de Tachito Somoza, Anastasio Somoza Debayle, el último representante del clan sanguinario que aniquiló vidas y haciendas durante más de cuarenta años en Nicaragua.
Bill, de 37 años, es un reportero norteamericano de
La crónica resulta horripilante. En primicia, Filadelfo Martínez, corresponsal de EFE en Managua, transmite la noticia, que conmociona a la tribu de enviados especiales y corresponsales extranjeros destacados en Managua, aunque él, de momento no tiene acceso a las imágenes crudas de la ejecución. Porque hay imágenes de la ejecución filmadas por las cámaras de Cefalo y Jack Clark, dos compañeros de Bill. La televisión somocista congela esas imágenes por tiempo indefinido. Dado, sin embargo, que Clark y Cefalo las transmiten desde la habitación 307 del hotel Intercontinental, televisiones de otros países, especialmente las de Estados Unidos, se ceban en la pavorosa grabación y la repiten cada diez minutos. Las informaciones iniciales de Filadelfo, sin firma, se amplían en la redacción regional de panamá con los detalles del asesinato que ofrece reiteradamente la televisión de Fernando Eleta, el Canal 4 – RPC Televisión. La crónica firmada se distribuye, asimismo sin dilación, a Madrid y al mundo entero.
De la patrulla de seis o siete, se adelanta un guardia, del que sólo se ha sabido que se apellidaba Álvarez y que lloró con amargura ante un tribunal sandinista. El guardia echa el alto. De los tres periodistas (Bill, Cefalo y Clark) que viajan con el intérprete y el conductor en una furgoneta por
El guardia encañona a Bill y le grita: “Ponte de rodillas, hijueputa, ponte de rodillas”. Bill, que lleva pantalón blanco, camisola de manga corta a cuadros, de cuello desabrochado y raya marcada al lado izquierdo del pelo –muy negro, sin canas-, se arrodilla con los brazos en cruz, pide clemencia y suplica: “No (hablo) español, no español, yo periodista”. El militar ordena a Bill que se tumbe: “¡Acuéstate, hijueputa!” Bill se tumba boca abajo.
El guardia avanza y sacude al periodista una tremenda patada en el costado derecho con la bota de la pierna derecha, retrocediendo a continuación unos pasos, mientras Bill se retuerce de dolor en el suelo y suelta las primeras lágrimas.
El reportero levanta la cabeza, con mirada derrotada y suplicante, a la vez que repite: “No español, yo periodista, yo periodista”.
El guardia, que sostiene el arma con ambas manos, la deja de pronto en la izquierda sólo, avanza de nuevo hacia Bill y, sin piedad, acciona con la derecha el subfusil (M16) apuntando a la nuca de aquel cuerpo tendido en el suelo y que de repente salta sobre los adoquines, casi simultáneamente con el disparo.
Foto:EFE
Mussolini y su novia Clara, fusilados.
Ante la muerte de Augusto Pinochet es inevitable recordar la muerte de otro dictador, Benito Mussolini, quien fue fusilado y su cadáver colgado de los pies y expuesto en público para ser blanco del escarnio de sus detractores y enemigos, que como en el caso de Pinochet, eran más de dos. Nuevamente nos topamos con el irónico desenlace, mientras Pinochet muere de viejo en una cama de hospital rodeado por su familia, con cuentas en millones de dólares y lingotes de oro, y sin haber pagado por sus crímenes, el fin del "Duce" es radicalmente opuesto. Cuando cae el último reducto fascista de la "República Socialista Italiana de Saló", como la llamó Mussolini por la ciudad donde fue fundada, éste huye hacia Suiza junto con su pareja Claretta Petacci el 25 de abril de 1945. Dice la historia que en su huida es reconocido y detenido por un grupo de "partisanos" (yugoslavos, guerrilleros, movimiento de resistencia), quienes después de un "juicio sumarísimo", lo fusilan junto con su novia y 16 líderes fascistas el 28 de abril de ese año en Dongo, cerca del lago de Cuomo. El cadáver del Duce (guía, caudillo) (por cierto, fanático del futbol, Italia fue campeón mundial en 1934 y 1938, durante el gobierno de Mussolini), fue llevado a Milán, Italia, y expuesto en una estación de servicio, donde fue colgado de los pies junto con el cuerpo de su novia y el de otros líderes del fascismo italiano. Cuentan los historiadores que el cadáver fue escupido, orinado, golpeado y mutilado por los mismos hombres y mujeres que lo vitorearon durante casi 21 años. El cuerpo fue sepultado en una fosa común, pero fue exhumado por fascistas nostálgicos quienes peregrinaron con él hasta que un sacerdote aceptó ocultarlo en su convento, ahí permaneció hasta 1957, cuando el Gobierno devolvió los restos a la familia para ser enterrados en el Cementerio de San Cassiano, en el municipio de Predappio. Adolf Hitler se suicidó, Stalin murió por un derrame cerebral y Porfirio Díaz, exiliado en París, Francia, por arteroesclerosis. Mussolini y Hitler, aliados, entre 1941 y 1943, en un pase de revista en la Yugoslavia invadida.
Ha sido muy comentada la muerte de Augusto Pinochet, así que me limitaré a presentar la fotografía de su cadáver en el ataúd, pues sé que muchos querían verlo así (me incluyo), aunque su muerte no haya sido ni mínimamente parecida a la que tuvieron miles de chilenos durante su dictadura. Le dedico también un videoclip de la banda rusa Messer Chups titulada Shandor Diabolikoff, basada en un siniestro científico demente que gozaba al realizar innecesarias cirugías en seres humanos y macabros rituales por medio de los cuales buscaba el fin del mundo. Disfrútenlo.

