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La Coctelera

Categoría: Cuentos policiacos contemporáneos

La Semana Negra de Gijón

Canasta de escritores policiacos, Volumen 2

Como lo prometido es deuda, he desempolvado para traer a este espacio tres excelentes novelas que los fanáticos del género negro no pueden dejar de leer. Las comento en ningún orden específico.

La primera es El Complot Mongol (1969), del mexicano Rafael Bernal, una historia policiaca con altas dosis de suspenso, violencia, cadáveres, conjura internacional y hasta amor, ambientada en aquella Ciudad de México de los cafés de chinos, hombres empistolados con gabardinas y sombreros, calles lluviosas, y autos enormes. Sin duda una novela clásica y muy moderna para su época a pesar de su estructura líneal y sin grandes pretensiones estilísticas.

La segunda, editada curiosamente el mismo año que la anterior, es El Apando, del maestro José Revueltas. Una claustrofóbica novela corta que narra la vida tras las rejas, en el Palacio Negro de Lecumberri --esa tétrica e infausta prisión porfiriana de la que el mismo Revueltas fue huésped honorario, preso político de la dictadura diazordazista--, de tres de sus reclusos. Obviamente el lector hallará en los personajes, las imágenes, las metáforas, las acciones y los entrelineados de esta obra una crítica social implacable y un retrato descarnado de la humanidad extrema, marginada, explotada, oprimida, sobre la que siempre escribió Revueltas. El mundo de los juzgadores y los juzgados, de los verdugos y los penitentes. Una novela de gran actualidad.

La tercera es El Vuelo de la Reina (2002), del periodista argentino Tomás Eloy Martínez, una novela sobre los pecados capitales, el poder y el periodismo. Un editor obesionado con una reportera de su diario y que no se conforma con tenerla, sino que llega al extremo bizarro de... No les platicaré el final. 

 

Canasta de escritores policiacos, Volumen 1

El mes pasado me concentré, o me empeñé mejor dicho, en escribir menos y leer más, y aquí están las consecuencias. No me queda claro por qué lo hice, tantas cosas hacemos por impulsos, la voluntad es así, quizá por ese afán de alejarme fugazmente de la realidad tangible para perderme en la realidad inasible, pero tan concreta -a la vez- de la literatura. Escogí los títulos por azar, pero los presento en un orden de menú, considerando su nivel de menor a mayor complejidad. Creo que hay para todos los gustos, si buscas algo para meterte por los ojos y degustar con las neuronas, pues aquí van algunas humildes sugerencias:

Para ser justos, en otra entrega ofreceremos algunas reseñas y recomendaciones de novelas y escritores hispanohablantes igualmente disfrutables.

La primera es Timbuktu (2000), del norteamericano Paul Auster. Una novela corta bastante original dado que la voz narrativa está instalada en uno de los protagonistas, un perro callejero que relata la vida y muerte de su amo, un poeta convertido en indigente, aderezada de las reflexiones que el can hace de la existencia humana y de él mismo, de la bondad y la maldad, la cordura y la locura, la infancia y la vejez. Se lee en una sentada. ***

La segunda es Night Train ( 1997), del inglés Martin Amis, una novela corta de crimen y suspenso en donde una mujer policía es comisionada para investigar la extraña muerte de la hija de su jefe, y cómo a lo largo de la historia ella va descubriendo oscuros aspectos de su vida y de las vidas entretejidas alrededor del homicidio, que la perturban como el sonido del tren nocturno que pasa diario frente a su departamento en Nueva York y que la enfrentan con una realidad que ella misma no ha logrado asimilar. Amis hace un manejo muy interesante de conceptos científicos, filosóficos y detalles de criminalística que hacen de ésta una lectura de esas que atrapan, aunque haya que releer varias veces algunos párrafos. ****

La tercera es An American Dream (1964), del premio Pulitzer Norman Mailer, escrita -por cierto- muchos años antes que su famosa The Executioner's Song (1979). Esta gruesa novela es sobre el vertiginoso, eufórico y tragicómico paso -entre glamoroso y lumpen- del famoso, atormentado y cínico Mr. Rojack por su odiada y amada Unión Americana y la estela de amores, encuentros sexuales, botellas de licor, colillas, puñetazos, palabrotas y crímenes que deja tras de sí, siempre con el inquietante recuerdo de los ojos azules de aquel soldado alemán que remató a tiros adentro de su trinchera cuando Rojack sirvió en el ejército de EU durante la Segunda Guerra Mundial. Es una novela precosísima para su época (y con razón), como dato anecdótico está el escándalo generalizado que produjo entre los críticos y articulistas gringos cuando ésta salió a la luz. Es una obra esencial de este enorme escritor, aunque no apta para ñoños ni persignados. *****

El último es Into The Wild (1996) de Jon Krakauer. Lo leí hace más de 10 años, pero es difícil olvidarlo, ya sabrán el motivo los que decidan leerlo. Este libro en realidad es un gran reportaje con estilo narrativo que no pueden dejar de leer los adictos a la aventura y los aficionados a la filosofía, los amantes de la naturaleza, entusiastas de las técnicas de supervivencia, ascetas, nihilistas, senderistas, backpackeros y en general, locos, suicidas o poetas atormentados que buscan el sentido de la vida. Krakauer, montañista y reportero de corazón, reconstruye la historia del joven Christopher McCandless a partir de una nota periodística en la que se informa del hallazgo de su cadáver dentro de un autobús escolar abandonado en un paraje inhóspito de Alaska cuatro meses después de que abandonara su casa con unos cuantos libros en su mochila y quemara su auto y su dinero. Este libro obliga al lector a buscar y revisar la obra de escritores como Jack London y ensayistas como Henry David Thoreau.

 

Debuta policía como escritor

El Master, colaborador de este blog, nos envía desde España una entrevista con un policía que, a pesar de trabajar uniformado, se distingue de los demás:

José Luis Romero es un policía local de Barcelona, España, que a sus 45 años de edad se ha descubierto como escritor del género negro con su primera novela "Siempre quise bailar como el negro de Boney M.", una historia de espionaje industrial e ingeniería genética protagonizada por el ex guardia civil e investigador privado Evaristo Conrado.
Al ritmo mental de canciones como Ma. Baker, basada en la legendaria fugitiva número uno del FBI en los años 30, pero ambientada en la Barcelona contemporánea, la novela deja a un lado el rostro turístico de esta ciudad cosmopolita del diseño para desmenuzar las claves de los bajos fondos barceloneses.
En ella conviven el desempleo, el desarraigo, la marginalidad y obviamente la violencia, las intrigas y los asesinatos, ingredientes indispensables de la novela policiaca. NOTAROJA lo contactó y ésto fue lo que nos platicó:

¿Cómo nació la idea y cuánto tardaste en escribirla?
Surgió mientras leía un artículo publicado en el diario La Vanguardia de Barcelona en el que auguraba que el dopaje genético sería el dopaje del futuro. En él se explicaba el experimento de los "ratones Schwarzenegger": unos ratones a los que se les inyectó un gen que les provocó un descomunal crecimiento de la masa muscular, aunque al poco, los ratones murieron debido a que su organismo no estaba preparado para ese caudal de vida. Ese mismo artículo aseguraba que muchos atletas estarían dispuestos a jugarse la salud a cambio de un oro olímpico. Interiormente me indignó muchísimo leer eso, tomar conciencia de lo que el ser humano es capaz de hacer a cambio de una efímera fama (hay por ahí muchos medallistas olímpicos muertos de hambre). Pero la realidad está sobre la mesa. Mira el ciclismo, el deporte más castigado con esa lacra del dopaje y de tramposos. Quizá deberíamos plantearnos si es que no pretendemos demasiado de nuestros deportistas exigiéndoles que sean auténticos supermanes. Después de concebir la idea no pude parar y todo el tiempo que no estaba trabajando estaba escribiendo, todas las mañanas y todas las noches. Cuando por fin acabé fui consciente de que había estado absorto un año y medio en esta historia, tiempo durante el que conté con el apoyo incondicional de mi familia.

¿Cómo hiciste para compaginar tus trabajos de policía y escritor? Ambos son demandantes...
Escribir supone tener una o varias historias en la cabeza. Historias vivas y que cada día crecen un poco, con lo que tienes una neurona por aquí y la otra por allí. Estás concentrado en todo y en nada a la vez, siempre tomando apuntes y, alguna vez, incluso te levantas de la cama porque te ha venido a la cabeza una idea. Efectivamente el trabajo policial erosiona; te desenvuelves en un medio estresante, demanda tu máxima concentración y necesitas estar continuamente reciclándote, aunque al mismo tiempo me retroalimento de él: muchas situaciones no las hubiese vivido de no ser policía. Yo no diría que he sacrificado mi tiempo libre, diría más bien que he dedicado ese tiempo a mi hobby de escribir. Escribir me relaja. Disfruto creando ambientes y personajes extremos y me facilita huir un poco de este mundo en el que cada es más complicado vivir y que cada vez gira con más virulencia.

¿Qué escritores te han influido?
En novela negra y policíaca me dominan los estilos contundentes y directos de Dashiell Hammett, Raymond Chandler y Ross McDonald, a los que considero los padres del género. Actualmente leo todo lo que cae en mis manos de Lorenzo Silva y de Andrea Camilleri.

¿Cómo aprendiste a escribir?
Jorge Larena, amigo, escritor y finalista del Premio Planeta 2002 me enseñó el camino y me animó para que escribiera, aunque eso fue sólo el inicio. Luego hubo que leer mucho, leer y desmenuzar cada página, cada párrafo y cada línea de todo lo que cae en tus manos. Cuando comienzas a escribir lees de manera diferente a la normal; fijas tu atención en cómo se cuenta una situación, en si la acción transcurre narrada o protagonizada, hurgas en la naturaleza de los protagonistas y descifras el papel que el autor le ha otorgado a los personajes secundarios. Te fijas en la construcción de los párrafos y, en alguna obra, incluso, ejercitas la imaginación para adivinar la relación que guarda el título con la novela. Lees algo de Dan Brown, Ruiz Zafón o Ildefonso Falcones y analizas cómo cada uno de ellos construye sus best sellers. Soy autodidacta prácticamente en todo.

Haber publicado este libro, ¿te cambió la vida?
Mi vida profesional no ha sufrido grandes cambios, sigo fichando cada día igual que antes y trabajando con la misma implicación. Aunque en el plano personal sí que ha habido momentos importantes: entrevistas en televisión, radio, agencias de noticias, periódicos, o cuando tuve conocimiento que la revista Qué Leer encumbraba a la primera posición de sus recomendaciones de lectura para el verano a Siempre quise bailar como el negro de Boney M. Publicar un libro es un sueño. Cohello decía sobre ello que cuando te propones algo, el universo entero conspira para que lo consigas; una metáfora de 'actúa con decisión, sé constante y alcanzarás tu sueño'.

¿Cuando andas de policía, sientes que lo que vives es de novela?
Cuando estoy trabajando, José Luis el escritor está aislado en algún lugar de mi limbo. El trabajo es una realidad donde debes tomar decisiones que no sólo te afectan a ti, sino que si te equivocas puedes perjudicar a otros. Procuro poner siempre los cinco sentidos. Lo que no quita que alguna imagen o alguna situación quede fotografiada en mi memoria. Tampoco negaré que en momentos de distensión con los compañeros siempre hay alguna anécdota o alguna frase que queda guardada en algún rincón de mi mente y que en algún momento u otro pienso utilizar.

¿Qué piensan tus colegas y tus jefes?
Para mis jefes ha sido toda una sorpresa, puesto que ignoraban esta afición. Alguno incluso me ha preguntado si era una actividad compatible con nuestro trabajo, cosa de la que ya me había asegurado antes. Los compañeros han reaccionado de diferentes maneras, aunque en lo que todos coincidían era a la hora de solicitar algún lugar donde comprarlos con descuento (jajaja). Los policías somos así, siempre buscando "el chocolate del loro".

¿Se promueve en tu país la literatura entre policías?
Particularmente no hay ningún programa que promueva la escritura, aunque sí hay algún Certamen Literario que restringe su participación a miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, como el de relato corto de Cáceres, certamen en el que obtuve el primer premio en el año 2005. Este año he presentado un relato a este concurso que se encuentra ya entre los siete finalistas. El dos de octubre, coincidiendo con el "Día de la Policía", se da a conocer al ganador.

¿Qué les sugieres a los policías de otros países para animarse a escribir?
Para escribir, lo primero que se necesita es tener algo que contar, algo que decir al mundo, y no tiene que ser necesariamente algo relacionado con el asunto policial; algo que te oprime el corazón o algo que te carga el hígado de bilis pueden ser un buen punto de partida. Conozco algunos escritores que se han puesto a ello impulsados por alguna de esas vivencias que te cambian la vida. Yo animaría a mis compañeros a que lo intentasen, incluso como terapia.

¿Cómo manejas el estigma y el rechazo hacia la policía, a la que se suele relacionar con abusos y represión?
Los policías locales somos "la mosca cojonera" del ciudadano, somos conscientes de ello: no puede usted hacer esto, no puede usted hacer aquello… Algunos ciudadanos nos culpan de todo lo malo que sucede en sus vidas, otros nos tachan de represores, comparándonos a la policía del franquismo, curiosamente personas que nacieron después de esa etapa y que por suerte han vivido en la época de mayores libertades civiles. Pero con el tiempo, en tu piel prospera una especie de escamilla que te preserva de esas cosas. En cuanto a los abusos, la ley es muy clara: cada uno de nosotros somos personal y directamente responsables de nuestros actos. La ley es implacable con estos asuntos y aquí la sanción es doble: penal y administrativa.

¿Seguirás siendo un policía-escritor o te dedicarás de lleno a la literatura?
Poder vivir de la literatura sería un sueño, aunque de momento seguiré siendo, como tú bien dices, policía-escritor. Con "Siempre quise bailar como el negro de Boney M" he metido las narices en este mundillo, tengo otro libro acabado que ya tienen los editores y en mi mente están bullendo ideas para el nuevo. Saludos desde Barcelona...

Guarda el orden y ahora, firma libros

Antes de ingresar a la policía, José Luis Romero, nacido en Barcelona, en 1963, cursó estudios de agronomía mientras trabajaba como barman y cadenero en la disco Metro, una de las más famosas de Barcelona en los 80; luego fundó y atendió su propio bar en Roquetes, barrio otrora marginal.
Con el relato corto "Cantos de sirena", el escritor autodidacta ganó el primer premio del Certamen Literario Día de la Policía de Cáceres, España, en 2005, un concurso exclusivo para miembros de las fuerzas policiacas españolas.
La primera edición de 5 mil ejemplares de su primera novela "Siempre quise bailar como el negro de Boney M." salió en junio y ya está agotada.
Está casado y tiene una hija.

(Foto cortesía J. L. Romero)

Periodismo negro y lo peor del horror

Retomo una interesante entrevista publicada por Mario Vázquez Barrios el 16 de julio en el periódico El Financiero con el periodista y escritor Eduardo Monteverde (Tacubaya, México, DF, 1948), autor del muy recomendable libro de crónicas periodísticas "Lo peor del horror", ganadora del premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción en el marco de la semana negra de Gijón, España, 2005:

-¿Qué diferencia hay entre nota roja y periodismo negro?

-Las pondría a las dos en la misma línea. Son dos territorios que comparten una misma frontera. Y más en México, en donde los políticos son más objeto. Digamos, el periodismo negro es más político mientras la nota roja es más civil. México es un asco; es un vertedero donde están mezcladas las dos.

-¿Ubica límites para este periodismo: la necrofilia y el morbo?

-Para el espectador, el morbo es casi instintivo; es un mecanismo de alerta y lleva instintos de sobrevivencia. A diferencia de los mamíferos, que ven un cadáver un rato y se van, el ser humano se queda en el teatro de los hechos para ver posibles soluciones. Al humano le atraen los enigmas o huye. Es también profiláctico.

-¿En qué sentido lo es?

-En que previene. Eso no quiere decir que mejore la condición humana. No sé si aumente el crimen en números relativos. En números absolu- tos sí, porque hay más hacinamiento, pero las situaciones del crimen sí son las mismas de Aristóteles y de Platón. Las situaciones dramáticas de Aristóteles siguen siendo motivo de nota roja y de novela policiaca. Ahí está la súplica, el rescate, el crimen perseguido por venganza, venganza de parientes sobre parientes, persecución, desastre; víctimas de la crueldad o la venganza; rebelión; enigma, logro, consecución, rivalidad entre parientes; adulterio; locura, imprudencia fatal, involuntarios de amor, sacrificio por un ideal. No es nada nuevo.

-¿Hay un elemento de periodismo negro que esté atado a la consecución del poder, el desaparecer a otro?

-Es aterrorizar a la opinión pública. Poner cabezas a las afueras de los municipios es una barbarie desde antes que se inventara la civilización con la agricultura. Siguen siendo los mismos patrones. Hay un progreso técnico, pero no hay un progreso moral.

-Llaman la atención tres palabras: horror, cancerbero, neblina, implícitas en sus tres novelas. Usted, al plasmarlas como escritor, ¿se puede quedar encadenado?

-Para nada es un exorcismo y para nada hay cadenas. Es una profesión. Yo no creo en el escritor atormentado que escribe desde la sangre, la ira. Se escribe desde la mesa y se inventan personajes. Es un conocimiento falso que resulta verdadero. Es una paradoja. Ese conocimiento falso se llama ficción y existe. Pero a mí no me atrapan mis personajes, ni sueño con ellos, ni tengo pesadillas. Y lo de la oscuridad, es una gran metáfora inherente a toda la humanidad. El hombre es un animal diurno, luminoso. En la oscuridad duda, titubea. El hombre inventa demonios. Precisamente los primeros demonios son animales nocturnos. El hombre no sabe qué animal lo va a agredir en la noche. El miedo es una de las emociones primarias, es la más fuerte.

-En la novela negra, Hammett imprimió fuerza a sus escritos porque él era detective privado. En su caso, como médico patólogo, ¿qué elementos pueden advertirse?

-Ninguno. Chéjov escribió cosas truculentas como el Pabellón número 6; William Carlos Williams era poeta y nunca escribió sobre medicina ni muertos; Jimmy Thompson, que era escritor, tiene una de las mejores caracterizaciones de un asesino psicópata en El asesino dentro de mí; Raymond Chandler, que no era médico, tiene estupendas descripciones de los médicos corruptos en Los Ángeles en los años cincuenta.

-¿Cómo un ciudadano común se detona en asesino? ¿Ha pensado en esa idea?

-Desde luego. Stanley Mildred, de la Universidad de Yale en los años sesenta, hizo un experimento donde se le hacían preguntas a una persona detrás del video de una cámara. Si no contestaba, le aplicaban un toque eléctrico; pero hubo un instructor que decía aplícale más, aplícale más hasta que la corriente era tan alta que pudo fulminar al que estaba haciendo el examen. Ahí se ve este grado de compulsión por hacerle daño al otro. Yo no creo en la otredad, ni en el otro. Sartre dijo: El otro es el infierno. A la gente no le importa, llega un momento en que achicharra al que sea. Ahí está la Alemania nazi con su bestialidad. Marc Behm tiene una novela sobre esta compulsión asesina de los nazis: La reina de la noche.

Crédito de la foto: ARTURO CAMPOS CEDILLO La Jornada

El poeta (caníbal)

Me tomo la libertad de replicar aquí una minificción -sin desperdicio- de un autor cuyo seudónimo es "Revovatsu" y que publicó como comentario en un artículo sobre crimen, fama y realidad literaria mexicanapresentado hace unas semanas en el blog del sitio web de Letras Libres. Si alguien lo conoce, avísele por favor:
"El poeta se despierta una mañana gris como todas en la ciudad. Se da cuenta de que no va a ningún lado, el cuerpo caliente de su novia en turno sube y baja las sábanas al ritmo de su respiración. Se mesa los cabellos, está desesperado, por enésima vez han rechazado su obra magnífica; tontos, se dice, pero ya verán. Se decide, se la va a jugar, hará algo que le reditúe, que lo catapulte a la fama. Mira sus manos decidido, observa el cuerpo plácido de aquella mujer, sale de la recámara mientras murmura; ellos me obligaron, pinches burócratas de mierda."

Cuento de Navidad

Por Enrique Morán

La cinta amarilla puesta por la Policía rodeaba la escena del crimen. La gente que transitaba por la zona cargando regalos no podía apartar la mirada y muchos morbosos se arremolinaban.
El comandante Barbosa caminaba de un lado para otro tratando de imaginar qué había sucedido.
En la calle de 5 de Mayo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, yacía muerto un hombre; había sido apuñalado por la espalda y rematado con piquetes en el cuello.
Estaba vestido como Santa Clos.
Al revisar sus pertenencias, los peritos de la Procuraduría hallaron una credencial que lo acreditaba como empleado de una tienda departamental. Ese hombre era el encargado de tomarse fotos con los niños y recibir sus cartas.
El detective aventuró hipótesis del crimen. ¿Homicidio pasional? ¿Ajuste de cuentas? ¿Venganza de... un Elfo resentido? Parecía que el expediente de ese homicidio iría a parar a la “reserva”, el archivo de los casos sin resolver.
Barbosa terminó de fumar su cigarrillo, pisó la colilla y subió a su auto.
Al día siguiente, el timbre de su teléfono móvil lo hizo saltar de la cama. El comandante, enfurecido y extrañado a la vez, vio que eran las 5:00 horas.
“Jefe, ya van dos” sonó una voz por el auricular del teléfono. Un agente le reportaba el hallazgo de un cadáver en Francisco I. Madero. Otro Santa Clos apuñalado. La víctima era un empleado de un merendero, quien con su disfraz rojo y blanco, y una campana, invitaba a los transeúntes a pasar al hostal.
El hombre había recibido varias puñaladas en la espalda y otras más en el estómago.
Apenas acababa de llegar al lugar del homicidio cuando del radio del policía se escuchó una voz alterada. “Comandante, comandante, otro Santa Clos”. El policía contestó algo irritado: “Ya sé, ya sé, estoy en el lugar, aquí en Madero, afuera de los bisquets”. La voz al otro lado del radio hizo que se le erizaran los cabellos: “No jefe, es otro Santa Clos muerto. El tercero. Está en el Monumento a la Revolución”.
El temor de Barbosa se podía palpar. Un nuevo asesino en serie.
¿Acaso se había vuelto moda? El año pasado su mismo equipo había capturado a Raúl Osiel Marroquín Reyes, un sujeto apodabado “El Matalilos”, dedicado a cortejar homosexuales para luego secuestrarlos y matarlos.
Meses antes, ocurrió la captura de Juana Barraza, “La Mataviejitas”, dedicada a asesinar a mujeres de la tercera edad.
El último y más tenebroso caso fue el de José Luis Calva Zepeda, mejor conocido como “El Poeta Caníbal”, quien mataba a sus novias, las descuartizaba y luego se las comía. Él vio la carne frita en una sartén.
Pero para Barbosa el nuevo caso rayaba en lo absurdo. ¿Un asesino serial de Santa Closes?
Los principales periódicos pusieron la noticia en primera plana. En las esquinas los voceadores vendían el periódico Metro que mostraba a ocho columnas el cadáver del último Santa con sus barbas blancas teñidas de rojo.
Ahora Barbosa se enfrentaba al dilema de convertirse en un investigador reconocido al resolver esta ola de crímenes o sumirse en el descrédito que conlleva la impunidad. ¿Quién podría ser el homicida? ¿Un maniático fetichista? ¿Otro loco en busca de fama?
Lo cierto es que no podía permitir que se presentara otra muerte más.
De pronto a Barbosa se le ocurrió una idea que en primera instancia le pareció cómica. Pero para un caso raro, creatividad policiaca.
En el baño de un Sanborns se disfrazó como el viejo panzón y salió a la calle.
No fue difícil conseguir un disfraz, pues ante el temor de acabar con la barriga agujerada, muchos actores que posaban para la foto, optaron por no interpretar más a San Nicolás.
En la patrulla dejó su ropa, pero antes se fajó su 45 con 9 tiros útiles. Tenía pensado usarla sin vacilar. No quería matar al homicida, pero sí pensaba meterle un par de plomazos en las piernas y agregarle dramatismo a la captura.
Pasaron las horas y al comandante le dolían los pies de tanto caminar por la zona de la Alameda. Ya oscurecía y empezaba a creer que aquella idea había sido una tontería.
Tenía la boca amarga y el frío invernal lo entumía. Por ningún lado veía a alguien que pareciera un asesino serial. Lo único que consiguió es que madres con sus hijos se le acercaran para platicar. Aquella rutina ponía de malas al policía, pues no era paciente con los niños.
De pronto vio a un pequeño con una canasta de dulces y cigarros. Barbosa pensó en llamarlo para comprarle unas pastillas, pero antes de hacerlo, el niño se dirigió directamente hacia él.
“¿Ahora sí me vas a traer el carro de control remoto que te pedí?”, le reclamó el pequeño a Barbosa. “Si no me lo traes te voy a volver a agujerear la panzota”, advirtió el niño mientras mostraba un picahielo oculto en su mano junto a la canasta.
Barbosa se quedó helado. No se esperaba aquello. En ese momento no vio a ese joven como el asesino serial que buscaba, sino a una víctima más de la sociedad, de la pobreza, del chemo y la mona.
El comandante se acercó cauteloso al niño y le dijo que lo llevaría por su regalo para que él mismo lo escogiera. Con un discreto movimiento lo desarmó y lo asió con firmeza para encaminarlo hacia la patrulla.
Mientras conducía, Barbosa repasó el futuro inmediato del niño: el albergue, las trabajadoras sociales, los sicólogos, los tutores, el juez...
Pero antes de llegar a la agencia del Ministerio Público especializada, se detuvo frente a un almacén.

Quería cumplir su palabra primero. Después cumpliría con su deber.

Novela negra, Dashiell Hammett y Rodolfo Walsh

La semana pasada, el mexicano Juan Hernández Luna (Ciudad de México, 1962) recibió en Madrid, España, el Premio Dashiell Hammett a la mejor novela policiaca por su libro "Cadáver de ciudad", otorgado por la Asociación Internacional de Escritores Policiacos (AIEP) en el marco de la Semana Negra de Gijón. En 1997, Hernández Luna ya había merecido el mismo premio por la novela "Tabaco para el puma". "Cadáver de ciudad" está publicado en Ediciones B.
Además fue entregado el premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción al cubano Amir Valle por su libro "Jineteras", trabajo descrito como "un retrato del mundo de la prostitución en La Habana contado por sus protagonistas". "Jineteras" es una "valiente denuncia alejada de cualquier tipo de manipulación propagandística", señaló el fallo. Habrá que leerlo.
La Semana Negra también galardonó la novela "La aguja en el pajar", del argentino Ernesto Mallo, con el Premio Silverio Cañada a la mejor primera primer novela en español, que compartió con el español Antonio Jiménez Barca, autor de "Deudas pendientes".
Para quienes no lo sepan, Dashiell Hammet fue un escritor estadounidense, autor de libros sobre detectives y cuentos, padre del detective Sam Spade, protagonista de su novela más famosa, hecha también película, El halcón maltés (The maltese falcon), publicada en 1930.
El premio a la mejor novela de no ficción en la Semana Negra lleva el nombre de Rodolfo Walsh y tomo este hecho como pretexto para recordar a este periodista y escritor argentino.
Walsh es el autor de "Operación masacre", una de las más importantes novelas de no ficción, aunque no tan popular como "A sangre fría" (In cold blood, de Truman Capote), que me interesa rescatar por su trascendencia para el periodismo y la historia latinoamericanos, y también por el destino del propio Walsh. Su gran reportaje "Operación masacre" se publicó en 1957, casi 10 años antes que la obra cumbre del "New Journalism" o nuevo periodismo norteamericano.
"Operación masacre" reconstruye la matanza cometida por militares argentinos de un grupo de civiles acusados de subversión. Primero se publicó en forma de notas en el diario Mayoría y luego como volumen.
Irónicamente, Walsh fue secuestrado y asesinado en 1977 durante la dictadura argentina instaurada por Jorge Rafael Videla en 1976.
El nombre de Rodolfo Walsh integra desde el 25 de marzo de 1977 la larga lista de desaparecidos. Su "Carta abierta de un escritor a la junta militar" se incluye como apéndice en el libro (fechada un día antes de su desaparición) y fue su última palabra pública.
En este sitio que me ha recomendado el generoso maestro Memo Vega se pueden descargar libremente "Operación masacre" y otras obras de Rodolfo Walsh, así como conocer más acerca de su vida; hay audios, videos, artículos, además de una biblioteca virtual de acceso libre sobre literatura, política, sicología, filosofía, marxismo, y obviamente todos los autores argentinos.

Con información de AFP